La exposición propuso un diálogo entre dos polos temporales de la pintura venezolana: la tradición colonial y la creación contemporánea. La muestra planteó cómo estas prácticas se transformaron en el contexto del Nuevo Mundo, dando lugar a sincretismos que configuraron nuestra identidad visual.
Exploró la continuidad y la transformación de la pintura, desde los cánones heredados del arte europeo hasta la libertad conceptual del presente, donde la obra se emancipó de su materialidad y se abrió a procesos y nuevas lecturas. Este recorrido evidenció cómo lo propio y lo foráneo se amalgamaron en una historia de más de cinco siglos, y cómo artistas actuales, como Jaime Gili, reactivaron la memoria pictórica para cuestionar las promesas de la modernidad en el trópico. La muestra indagó en las tensiones entre lo canónico y lo contemporáneo, revelando la vigencia y reinvención de la pintura en el contexto venezolano.